Carolina: el hada buena

Acostumbro a pasear al “mejor amigo del hombre… y de la mujer” -en este caso a mi perro “Peque”- por el Paseo del Sol, al que accedo a través de la pasarela sobre el río Piloña que lo comunica con la extinta Plaza del Ganado. Y en uno de los retornos hacia casa, al ir a recoger la caca del Peque, se me cayó al río Piloña un cayado al que le tenía mucho cariño, que había comprado en una tienda de productos típicos de Taramundi. Y todos los días al realizar este recorrido -tanto a la ida como a la vuelta- contemplaba con pena desde lo alto de la pasarela, que quien me había servido de apoyo durante muchos años en mis paseos compartidos con Peque, permanecía “callado” enganchado en unos arbustos de la orilla del río, aferrado sin duda a su esperanza de volver a sentir el calor de una mano amiga sobre su torso curvo, mientras sufría los embates de las gélidas aguas de un rio Piloña encabritado y crecido.
Había pensado bajar a rescatarlo de tan crítica situación, pero el tener que atravesar un tramo de ribera; lleno de escayos, maleza y arbustos, me hizo desistir de tal empeño, que resultaba prohibitivo para mis sesenta y veintidós años, por lo que opté por utilizar mis dotes de “consumado” pescador. Y a tal fin no se me ocurre otra cosa, que pedir prestado en la Carnicería Celedonio, un gancho de colgar la carne para amarrándolo a un cordel a modo de artilugio de pesca, tratar de izar a mi “callado” cayado a lo alto de la pasarela. Se me acercó un nutrido grupo de paseantes –aprovechando que el desdoblamiento está de moda, yo diría “paseantas”- dándome todo tipo de consejos sobre cómo lanzar el “anzuelo” para conseguir mi objetivo, pero no era capaz.
Y he aquí que estando en estas, oigo la voz amiga de Pelayo Blanco -uno de nuestros mejores jugadores infantiles de la Peña Infiesto-Bolos, galardonado en la última Gala del Deporte de Piloña- diciéndome: “Manolo, no te preocupes, que ya bajó mi cuidadora a por el cayau”. No salía de mi asombro, cuando vi atravesando aquella especie de selva de silvestre vegetación, a una rapaza guapa, ágil, valiente y solidaria que sin pensárselo dos veces acudió en ayuda de un anciano en situación apurada. La heroína de este relato no era otra que Carolina González Buría, natural y vecina de Mestres, cuidadora de Pelayo desde 6,30 horas de la mañana, que sustituye a su madre que marcha a atender la Confitería Calvo y que también va a llevarlo y traerlo del Colegio; dá clases particulares a un niño, ejerciendo su formación en Educación Infantil; es Voluntaria de El Prial; forma parte de la directiva de la Sociedad Cultural de Mestres y trabaja en la Zapateria “Brece”. Pero además se trata de la mejor persona del mundo y de la más capaz para realizar cualquier cometido.
¡Lástima que la vida a veces, no sepa premiar a quien tanto merece y gracias Carolina por ser como eres!

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